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El temperamento hace a cada hijo diferente

Paloma Gonzalez Peña. Psicoterapeuta de ELEA.

Muy a menudo nos sorprendemos ante las reacciones de nuestros hijos. Pensamos que les tratamos a todos de igual manera y no entendemos porque unos se comportan de una forma y otros de otra totalmente distinta. No es raro escuchar entre los padres: “parece mentira que siendo hermanos, puedan ser tan diferentes”.  

El temperamento es uno de los factores más determinante en la conducta de nuestros hijos, desde el mismo momento de su nacimiento y, consecuentemente, también marca la forma en la que nos relacionamos con cada uno de ellos que, a pesar de nuestras intenciones, nunca es la misma.

      El temperamento es la reacción emocional característica de cada persona que incluye su susceptibilidad en sus relaciones emocionales, la fuerza de sus hábitos, la rapidez de sus respuestas, la calidad de su talante y el estado de ánimo. En los niños el temperamento se manifiesta en la activación (cuando reacciona ante algo o tiene un objetivo) y su capacidad para autorregular la expresión de estas tendencias (cuando a pesar de querer levantarse de la mesa, es capaz de aceptar la decisión del adulto). A través de esta autorregulación el niño/a puede conseguir tranquilizarse o mantener su excitación, evitando o buscando las fuentes de estimulación, de forma que la autorregulación es como un modulador de la reactividad. A partir de los veinticuatro meses el niño/a puede utilizar su esfuerzo de control, regulando la aproximación y la evitación y, por tanto, la reactividad positiva o negativa, de manera que puede realizar determinadas acciones contrarias a sus deseos (ej. esperar a tomar la merienda en casa a pesar de tener hambre). A través del esfuerzo de control, nuestro hijo/a se comportará de acuerdo a las costumbres y a las normas que le impongamos, aun siendo contrarias a sus predisposiciones (por ejemplo, comer verdura). El conflicto aparece cuando el niño no es capaz de anteponer nuestras demandas a sus inclinaciones.

      El esfuerzo de control afecta al estado reactivo y a las estrategias reguladoras empleadas, por eso debemos ser conscientes de la importancia de exponer a nuestros hijos a situaciones en las que ejerciten el esfuerzo de control, pues es una capacidad que se va adquiriendo progresivamente mientras se ejercita. Tanto la reactividad como la autorregulación están influidas por: a) la herencia, la carga genética, así podemos ver algunas de las características de nuestros hijos en nosotros mismos; b) la maduración, que depende de los distintos estadios evolutivos por los que pasan todos los niño/as y que van desde la adquisición del movimiento autónomo y la elaboración de conceptos abstractos, alrededor del año, hasta adquirir una lógica similar a la del adulto, aproximadamente a los 12 años y, c) la experiencia, el entorno del niño/a, que le expone a distintas situaciones a partir de las cuales va formando tanto su propio autoconcepto como el reconocimiento del mundo que le rodea.

      Desde el mismo momento del nacimiento de nuestro hijo/a, podemos distinguir los rasgos de su temperamento:

 

a) la emocionalidad, positiva o negativa en función de la facilidad para llorar y tranquilizarse y su tendencia a sonreír;
b) la adaptabilidad (aceptación de personas y lugares nuevos);
c) la sociabilidad (tendencia a buscar el contacto con otras personas);
d) la actividad motora o reactividad (respuesta al entorno en función de sus necesidades);
e) la regulación (persistencia de la atención como respuesta conductual y atencional a emociones internas y sus cambios fisiológicos en respuesta al procesamiento de estímulos externos);
f) la ritmicidad (regularidad en la alimentación, eliminación, ciclos de sueño-vigilia o hábitos cotidianos) y,
g) la inhibición conductual (pasividad y conductas de evitación).

 

     Estas características van configurando el temperamento que podemos identificar como fácil, o difícil. Muchas veces, detrás de un temperamento difícil está la  justificación de los progenitores “tiene mucho temperamento” aceptando indirectamente esa forma de reaccionar. Por ejemplo, cuando un niño/a en sus primeros meses solicita sus necesidades de alimentación, descanso o afecto con gritos, los padres corremos el peligro de atenderle con excesiva prontitud conforme va creciendo, por lo que se va volviendo más impositivo en sus demandas. A partir de los 6 meses es conveniente que generemos pequeños tiempos de demora, a pesar de que su temperamento le haga magnificar su estado de malestar y, a los dos años, esperaremos a que pida las cosas sin chillar para concedérselas. Cuanto más tiempo dejemos pasar en la corrección de sus conductas temperamentales no adaptativas, corremos el riesgo de que instaure conductas poco sociales que serán difíciles de erradicar una vez que lleguen a la adolescencia, por ejemplo con una conducta desafiante.

      El temperamento es la base afectiva de la activación y atención de la persona, y nos hace distintivos durante toda nuestra vida. La personalidad es un proceso más complejo que el temperamento, puesto que incluye pensamientos, habilidades, hábitos, valores, moral, creencias y cogniciones sociales, y se instaura en la adolescencia tardía, hacia los 17 años. Se puede considerar el temperamento como un ingrediente de la personalidad, pero aún siendo ésta más compleja, el temperamento contiene la disposición previa que condiciona muchos de los cauces en los que la personalidad se constituye. Así, por ejemplo, el temperamento proporciona el proceso atencional básico, pero no cogniciones concretas y específicas.

      A lo largo del desarrollo, la interacción entre los padres e hijos mediará las características temperamentales en su paso a la configuración de la personalidad. El proceso se extenderá desde la adaptación a las funciones biológicas del niño como comer o dormir (en los primeros meses) al intercambio recíproco en actividades que impliquen coordinación y cambio de turnos entre el niño y el adulto (4-6 meses) o hasta la autoafirmación del niño ante demandas del adulto a las que no cede (14-20 meses). El nivel de emocionalidad y autocontrol del niño esperado por el adulto (expectativas) en cada período de su desarrollo, el grado de ajuste y estimulación que los padres ofrecemos a nuestros hijos, así como el tipo de conductas temperamentales que les reforcemos o castiguemos, permitirán una adecuada o inadecuada adaptación entre el niño/a con sus padres y el desarrollo de unas u otras características de personalidad.

      El temperamento afecta al desarrollo a través de su implicación en distintos procesos: a) en el aprendizaje, en la medida que las reacciones emocionales a las situaciones pueden quedar condicionadas al contexto en el que ocurren y en la medida en que las reacciones emocionales influyan en la auto-percepción del niño/a y en la percepción de los otros; b) en los procesos de ajuste interactivos del niño con el adulto, dado que distintos grados de reactividad inducirán distintos grados de estimulación necesaria para evocar sentimientos de placer o displacer de cuyo ajuste resultará en el confort, o no, del niño/a con el ambiente; y c) por los procesos de “canalización” del propio temperamento, por el cual éste sigue un curso determinado de desarrollo que supone en cada momento unas características de expresividad emocional y de niveles cognitivos, que condicionan la interacción y el ajuste con su medio (ej. la expresión de miedo o de aproximación en el niño no es igual en los primeros meses de vida que a los seis u ocho meses).

      A lo largo del desarrollo aparecen cambios tanto en la actividad, como en la expresión emocional, en la reactividad y en la autorregulación, que guardan, en general, una moderada estabilidad:

a)  Temperamento en el Recién Nacido (0-1 mes):  

      Los componentes observables durante el período del recién nacido incluyen emocionalidad negativa (susceptibilidad al malestar y alivio o tranquilidad), orientación,  alerta, y aproximación-retraimiento. Durante este período, las expresiones de malestar están positivamente relacionadas con el nivel de actividad y negativamente relacionadas con la orientación visual focalizada. Los niños regulan sus niveles de malestar (distress) y placer a través del reflejo aproximación-retraimiento y la autotranquilización, así como por el control externo de los cuidadores sobre la conducta de los niños en respuesta a las señales emocionales de éstos.

b) Temperamento en la infancia (2-18 meses):

      Al igual que en la etapa anterior, todos los componentes del temperamento observables durante el período del recién nacido pueden también ser vistos durante la infancia temprana. Además de estos componentes, se pueden añadir reacciones positivas tales como sonrisa, alegría y vocalizaciones de animación compleja. En esta etapa el niño ya puede comenzar a anticipar la estimulación asociada con señales en el ambiente, de esta forma no sólo reacciona a la estimulación presente en el medio por aproximación-retraimiento, sino que también comienza a reaccionar implicándose en la búsqueda y evitación de estímulos de forma activa. A los 6 meses los niños utilizan la mirada fija como su primera estrategia de regulación de la emoción. A los 12 se implican en conductas de autoestimulación (balanceo, tocarse el pelo…) y autodistractoras y a los 18 meses ya intentan interacciones directas con los extraños. Los niños descritos por sus madres como más intranquilos ante los extraños se ocupan en mayor medida en miradas fijas y emplean más tiempo en el contacto con su madre que aquellos descritos como menos intranquilos.

c) Temperamento en la infancia tardía (19 a 36 meses):

      Como en edades anteriores, los componentes anteriormente identificados pueden también ser vistos en este período. Durante la segunda mitad del primer año de vida aparece una importante forma de control autorregulatorio: la inhibición conductual. Mediante ésta el niño es capaz de contener sus conductas de aproximación en respuesta a estímulos no familiares y/o intensos. El niño/a desarrolla el esfuerzo de control, por el cual es capaz de focalizar su interés en una meta, inhibiendo las reacciones a estímulos inmediatamente presentes, incluyendo señales que indican refuerzo potencial o castigo. El esfuerzo de control permite planificar la acción futura del niño/a y la flexibilidad en la reacción a las circunstancias cambiantes.

d)  Temperamento en los años del segundo ciclo de educación infantil  y siguientes (a partir de 37 meses):

      Los aspectos anteriores del temperamento como autocontrol (nivel de aspiración, retraso en la gratificación, planificación, y tiempo de inhibición en una tarea de inhibición motora), autoresistencia (habilidad al cambio ante instrucciones, aprendizaje incidental, ejecución de una tarea, habilidad de generar soluciones alternativas), sociabilidad, retraimiento, emocionalidad y actividad se muestran estables respecto a los años anteriores, apareciendo algún cambio evolutivo sobre los siete años para el constructo referido como la resistencia del yo (ego-resistencia).  Durante este periodo,  la autorregulación verbal en el niño aparece como otro elemento de control que cobra especial importancia. Las instrucciones verbales externas e internas aunque no son un elemento de control temperamental, suponen una gran influencia sobre la expresión del temperamento. El lenguaje adquiere una función mediadora, hasta entonces realizada por el nivel de actividad. La actividad en estos momentos de la vida del niño llega a automatizarse, dejando el nivel consciente al lenguaje como herramienta de control para suprimir y redirigir las reacciones emocionales. No obstante, la inhibición conductual sigue funcionando como elemento de contención de la expresión de las emociones. El grado de socialización de las emociones aumenta, aunque las características temperamentales siguen funcionando como señales para una determinada interacción del adulto en un sentido u otro.

      Reconociendo las características temperamentales de nuestros hijos podremos favorecer las que sean adaptativas e inhibir aquellas que le perjudiquen a largo plazo. Moldear el temperamento de un niño no es tarea fácil, sólo la seguridad de saber que obramos por el bien de nuestro hijo/a nos permitirá ser consistentes en su seguimiento. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde, su futuro está en nuestras manos.

 

Paloma González Peña.

Psicoterapeuta de ELEA